martes, 25 de septiembre de 2007

Los Sonidos del Niño Roto

Versos: Nelo Curti


Ilustraciones: Nahuel Curti


Diseño: Ediciones del Tábano


Editor: Ediciones del Tábano



El niño roto está justo en la esquina, mirando con sus ojos grandes, gigantescos, como dos mundos por los que se van colando millares de mundos. 
Pide algo, no alarga la mano pero pide algo en un silencio de nadie o soledades.                                                                             
No habla, tal vez no puede, tiene derecho después de todo a estar callado, con esa manera del espanto abierta.
Está ahí, ya digo, medio mugriento y medio enfermo, resignándose a crecer mientras las semanas atraviesan almanaques con indiferencia de paredes.
Permanece allí en su esquina, encogido, acurrucado contra el maquillaje lila del invierno, dando a entender que se le viene muriendo la confianza, que no hay futuro en sus zapatos.

El niño roto está riendo en una sala de luz abominable, rodeado de muecas que subrayan el orgullo; juega o burla la fatiga con muñecos de todos los colores, organiza batallas y se pone al frente del escuadrón que tiene asegurada la victoria; no sabe perder, ni siquiera piensa que perder sea posible, lo acostumbraron a jugar a que jugaba. Patea una piedra y se le aparece una madre, siente hambre y le basta con fruncir un instante el entrecejo para conseguir el plato que lo colme, llora por no perder la costumbre o por alejarse de uno de los tantos besos postizos que lo miman. Lo guardan tras montones de paredes y le dan monedas, babas, caramelos, tiempo, y una especie de poder tan puerco como todos; tiene hojas, lápices... pero ya casi no dibuja,
no dibuja,
               no dibuja,
porque los niños rotos no dibujan,
                                 no dibujan,
les colgaron un muro en las pestañas
y están condenados a caer,
a estamparse
en una red
de risas fofas o miseria,
no dibujan porque de sus grafos sale el día,
y tanta luz...

El niño roto los domingos tiene un padre: el resto del mes un funcionario que desayuna encima del periódico con los ojos huecos y un humor en los perros nunca visto.
Pasa las horas esperando a que termine el día para que su padre vuelva y otro día empiece y pronto se termine para que terminándose los días se termine la semana y el domingo empiece, aunque  también los domingos se terminan, y termina esperando que todo se termine.

El niño roto cree que el amor es una disputa entre dos gritos y la capacidad de soportar, que huele a guiso y en la boca raspa como arena; supone entonces que quienes le rodean tienen playas bailando entre los dientes. Va desconcertado desde el deber hasta el hastío y después se duerme para buscar bajo los ojos:
pero por lo general encuentra garras,
                                   garras,                   
                                             garras,
porque los niños rotos están rodeados de garras,
de uñas,
            dioses,
                      presupuestos,
cercados por el miedo,
                                 por el orden,
                                                    la amenaza,
no pueden hacer de un cenicero
el cometa envuelto en brasas
que los devuelva hasta algún mundo.
El niño roto quiere levantarse y ver por la ventana un sol violeta con unos cuantos garabatos verdes, hundir los pasos en dos nubes en vez de en los zapatos  y correr por las veredas arrastrado por el viento o una dicha, comer estrellas para soplar y seguir soplando hasta tapar con pedacitos las huellas de la huida, el niño roto quiere escapar, alejarse de la esquina, perder de vista los premios y los besos, desparramar domingos por los calendarios, sacudirle al amor toda la arena...                                                                                                                   
Pero no hay lugar en la prisa de las calles ni para soles violetas ni para niños que huyen sobre nubes hartos ya de que los rompan:
no hay espacio,
                      no hay sitio,
                                        no hay momento.
Lo sé,
          lo sufro,
                       lo batallo,
porque yo soy
                      un niño
                                  roto,
triste,
despreciado,
que duerme abrazado a un gato
y busca
el viaje que hay
tras cada cosa,
roto brutalmente,
                        por las calles,
                           los deseos,
                           por el odio,
por  lo que va y vuelve
sin dejarle un sólo resto.
Un niño roto que propone
huellas de saliva
por encima de los ruidos,
camas
comunicándose
por sobre la soledad
y los inviernos,
un niño roto que propone
vientres,
siembra,
sexos impregnados de demencia.
Yo soy
           un niño
                       roto,
castigado,
               insatisfecho,
que existe aferrado a un rayo
y no lo suelta ni en las cimas,
que aún tiene una esperanza,
que grita,
              maldice,
                           y se propaga,
aunque lo maten se propaga,
aunque lo quiebren se propaga,
aunque le den con cien tinieblas en la risa
se propaga
y lucha,
porque está solo
y no tiene dios
ni cobardía en que inventarlo,
porque no le perdonan el anhelo,
no le perdonan la palabra,
y ni la voz ni el deseo le perdonan,
porque lo detestan se propaga
y viaja desde la sombra hasta el amanecer que la provoca.
Yo soy
           un niño
                       roto
y estoy rodeado de niños rotos,
por eso caigo,
                    no me rindo,
voy hacia la sal,
                       hacia el abrazo,
                                              las ausencias,
hacia el centro de las luces y la pena
sin temor y sin consuelos,
fornico sobre el hielo y las paredes
y hacia el sol dirijo mi sexo ilusionado.
Porque soy
                 un niño
                             roto,
me ensuciaron la esperanza
y hecho escombros o pedazos
bebo cuerpos por las noches,
bebo ansias,
bebo el vino que entinta los inviernos
y ebrio o desahuciado
voy deshilachando viejas patrias,
porque soy
                 un niño
                             roto
y no amainará mi voz


mientras no acaben de romperme.